Santa Faz
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En todas las culturas se encuentran los denominados "lugares altos" que son los que los pueblos buscan para conectarse con el más allá, lo sobrenatural y lo trascendente, ante la soledad que el hombre ha sentido siempre, y que ha estado marcada por la enfermedad y el trabajo, y por la necesidad permanente de comunicarse con lo alto, para buscar ayuda o respuestas a sus preguntas.
Una característica común a los pueblos de todos los tiempos es la de tener lugares que los identifican, como el Olimpo para los griegos o el Canigó, para los catalanes. Alicante, no tenía, sin embargo, un lugar alto, que lo conectara con el más allá. Allá por el S. XV quería ser una ciudad, pero carecía de elementos para conseguirlo: no tenía signos de identidad que la identificara como tal, ni tampoco signos religiosos especiales, ni santos importantes, ni monasterios, ni un solo convento importante, ningún milagro que relatar. Sin embargo, una circunstancia favorecía sus pretensiones: el problema de la sequía.
Hay un lugar en Alicante característico de ese problema, como es la Huerta, regada por el Río Monnegre y víctima de sequías e inundaciones alternativas que había que controlar de alguna manera. De ahí se deriva la tradición: el lienzo sacado en rogativa y, por el sitio alto, Santa Faz. Y se obtiene el milagro: la imagen impresa en el lienzo llora, y cae lluvia, y esta esperanza popular en el poder de su Reliquia hace convertirse a la Santa Faz en la patente de la salud de los alicantinos.
Y el Relicario se pone en las puertas de Alicante, en las patentes de sanidad de la ciudad, y se saca en procesión cuando hay calamidades, en los grandes acontecimientos, fueran felices o lúgubres. Y así empieza la gente a hacer sus promesas. Pero como la Santa Faz vive afuera, en un lugar algo alto, aparece el concepto de peregrinación, de romería.
Y se suceden acontecimientos en la ciudad, como el incendio de la Fábrica de tabacos: de 25000 personas que tenía Alicante, 5000 trabajaban en ella, y el resto, eran marchantes. Pudo haber desaparecido la ciudad con la muerte de todas las mujeres, pero se encomendó la tragedia a la Santa Faz y pudo conjurarse la amenaza; por ello, en el interior de la factoría hay un hermoso recuerdo a la intercesión de la Reliquia.
Historia
La devoción de los alicantinos hacia la Santa Faz viene del 17 de Marzo de 1589, fecha del primer milagro conocido. La Reliquia había llegado a la Parroquia de San Juan en manos del Padre Mena, a quien en Roma se la entregó un Cardenal agradecido por las atenciones que le ofreció el citado sacerdote durante una visita que aquel realizó a Alicante.
Pedro Mena la depositó en un cofre, junto con otros objetos de culto, pensando que se trataba de lo que aparentaba: un lienzo de gasa de finísimo algodón en el que se pintó el rostro de Cristo para realizar con él un cuadro. Sin embargo, en cada ocasión en que abría el cofre para sacar esos objetos, hallaba en lienzo en la parte superior, y no en el fondo, donde siempre quedaba.
Enterados los vecinos de tal prodigio, solicitaron sacar el lienzo en procesión de rogativa para pedir la lluvia en tiempos de una larga sequía. Caminando en dirección a la ermita de Los Ángeles, a la altura del Barranco de Lloixa, el sacerdote que portaba el lienzo sintió un gran peso, y una lágrima surgió del ojo derecho del rostro pintado en el lienzo.
Tras el suceso, se decidió aplazar la Rogativa hasta la semana siguiente. El 25 de Marzo de 1489, tal multitud se congregó en la ermita de Los Ángeles que la Eucaristía debió celebrarse al exterior. En el momento de impartir la bendición con la Reliquia, Fray Benito de Valencia, que la portaba, se elevó junto al lienzo del que se extendieron en el cielo tres imágenes de la Santa Faz, momento en que una fina lluvia ponía fin a la sequía.
Desde entonces, el Monasterio de la Santa Faz ha sido lugar de peregrinaciones desde todos los confines de España siendo numerosos los Reyes y Jefes de Estado que han orado en el Templo. La festividad de la Santa Faz es en Alicante un acontecimiento anual del que no se sustrae prácticamente ninguno de sus vecinos.
La peregrinación
Así se denomina a la tradición, irrenunciable para cualquier alicantino, de acudir a pie al Monasterio el día de la festividad de la Santa Faz. Independientemente de los miles de ellos que en las semanas precedente y siguiente al segundo jueves de Pascua realizan la Romería, para evitar el agobio de la multitud o porque no se sienten con fuerzas de caminar esa distancia, se calcula en más de 150.000 las personas que se dan cita en el Caserío el día de la Fiesta.
La peregrina es organizada con mucha antelación por el Ayuntamiento y el Cabildo de la Santa Faz. Con el auxilio de Policía, Cruz Roja, Protección Civil y voluntarios, el itinerario, corresponde a la carretera Nacional 332 que se cierra a la circulación rodada en dos de sus carriles, reservándose los otros dos para el tráfico restringido de autobuses, taxis y vehículos autorizados.
A las ocho en punto parte la Romería desde la Concatedral de San Nicolás: allí se habrán repartido miles de cañas con un ramo de romero en uno de sus extremos entre los peregrinos que, con ropa deportiva, se disponen a acompañar a las autoridades religiosas y a la Corporación Municipal hasta el Monasterio. Es tanta la popularidad de la Peregrina, que son numerosas las personalidades que participan en ella, desde miembros del gobierno valenciano, representantes sindicales y políticos de todo signo, hasta organizaciones festeras, deportivas, artísticas y vecinales. La mayoría hace el camino portando cestas de comida que consumirán en el campo circundante del Monasterio: en ellas no faltan los alimentos típicos de la Pascua alicantina: habas crudas o en tortilla, conejo con tomate y vino de la Huerta.
A mitad del recorrido, el Ayuntamiento ha instalado una "paraeta" donde los romeros recuperan fuerzas tomando rollitos de anís y un vaso de vino de Fondillón, el conocido caldo que desde el S.XVI se cultivaba en la Huerta de Alicante y que resulta un vino dulce de especial finura cuya producción originó la riqueza agrícola de esa Huerta.
Esta "paraeta" recupera una vieja tradición. En la Finca "lo de Díe" se tenía por costumbre descansar, camino del Caserío, porque sus propietarios invitaban a autoridades religiosas y civiles a hacer un alto en el camino, recordando cierto año en que un chubasco primaveral sorprendió a los romeros que encontraron refugio en la Finca, en la que fueron invitados a rollitos de aníes y vino de Fondillón.
La Peregrina alcanza el Monasterio a las dos horas de su inicio, accediendo en primer lugar el Cabildo eclesiástico y la Corporación Municipal. T es que el rito de sacar la Reliquia de su Camarín para llevarla a la Plaza del Caserío en donde presidirá el altar de la Misa, es todo un compendio de historia.
Para preservar la integridad de la Reliquia, se redactaron en 1636 unos estatutos que en 1669 contaron con una cláusula más, la XII, expedidapor el Rey Carlos II, en la que se limitan los casos en que debe abrirse el Relicario y se establecen las formalidades para ello. Dos llaves, en poder del Ayuntamiento, y otras dos, en el del Cabildo, son necesarias para abrir la reja que impide alcanzar la Reliquia. Dado que los Estatutos recogen que las llaves de la ciudad, guardadas en el Archivo Municipal, deben ser utilizadas por dos Caballeros Jurados, un Pleno de la Corporación, designa, en los días precedentes, a los dos concejales que abrirán el Camarín; la Abadesa del Monasterio aporta las del Cabildo eclesiástico.
A la llegada al Monasterio, el Cabildo hace su entrada en el recinto junto con el Alcalde, a quien acompañan el Síndico Municipal y el Secretario General, que lee el Acta del Pleno autorizando la apertura del Camarín, realizada por los dos Caballeros Custodios cuya misión es la de no separarse de la Reliquia ni un momento y responder que se encuentra en idéntico estado cuando es devuelta a su lugar.
La Misa, que concelebran numerosos sacerdotes junto al Obispo de la Diócesis, inicia la Jornada de la Peregrina en las calles del caserío, donde cientos de puestos de Feria se han abierto para ofrecer productos tradicionales de la huerta y otros objetos. Transcurrido el día, en el que no ha faltado la obligada visita al templo donde orar a los pies de la Santa Faz, devuelta a su camarín tras la Eucaristía, el regreso se efectúa a pié, aunque se dispone de autobuses con salidas sucesivas para el regreso.
El Monasterio de la Santa Faz
A siete kilómetros de la ciudad por la avenida de J. Bautista Lafora y la carretera de Valencia (autobús 20 y 23) en la Plaza del Mar, se alza el Monasterio de la Santa Faz, donde se guarda una de las tres faces que quedaron grabadas en el lienzo con el que la Verónica enjugó el rostro de Cristo en el camino del Calvario.
El templo fue construido sobre las ruinas de una antigua ermita construida en 1491 que se edificó sobre el lugar en el que la "Santa Faz" realizó su primer milagro. El edificio actual, terminado en 1766 fue obra de José Terol y de Fray Francisco Cabezas, erigiéndose junto a la Torre de vigía y defensa construida en 1582 para preservar a la comunidad del Monasterio de los ataques de los piratas berberiscos.
Trazada sobre una sola nave con crucero de escasa longitud de brazos, se cubre con una bóveda de cañón. Cuatro crujías entre los pies y el crucero forman pequeñas capillas sin conexión lateral, y una cúpula que da altura al interior y se trazó para ser vista sin barreras desde el exterior, fue cubierta con tejas vidriadas propias de los templos del litoral levantino.
El pórtico de acceso se establece en tres pisos, con una pareja de columnas exentas en el primero, hornacina en el segundo y relieve en el tercero, con abundancia de bajorrelieves tallados con elementos vegetales y temas figurativos alusivos al carácter del tiempo.
En su interior sorprenderá, incrementando el estilo barroco levantino del conjunto, la profusión de excovotos que relatan la historia de peregrinaciones y visitas regias que ha tenido el Monasterio a lo largo de su historia.
El trasagario de la iglesia es el objetivo final de los romeros y devotos que visitan la Santa Faz, por encontrarse en él la Reliquia. Se accede a él a través de un ingreso adintelado situado en un pasillo que comunica el Camarín de la sacristía. Su interior alberga una de las mejores muestras pictóricas del seiscientos valenciano y se cubre con una bóveda sexpartita piramidal truncada en cuyos ángulos se fingen pilastras con fustes de flores y frutos.
En uno de los seis espacios en que se divide el Camarín y presidiéndolo, se encuentra el altar donde se halla el relicario con la Santa Faz y cuyas cerraduras son las que han de abrir con sus correspondientes llaves los representantes del Municipio y de la Iglesia.
En tres de los lados del Camarín se encuentran incrustados lienzos que representan los sucesos acaecidos en 1489, como el Milagro de la lágrima, el Milagro de las tres Faces y la Predicación de Fray Benito de Valencia. Un cuarto espacio deja pasar la luz a través de una ventana que rodea una decoración de naturaleza muerta. En el sexto espacio se encuentra otro lienzo en el que aparecen los caballeros del concejo de Alicante del año 1680, cuando se finalizaron las obras, y cuyos nombres pueden aún leerse. Los autores de la decoración fueron el escultor José Vilanova; el dorador Pere Joan Valero y el pintor Juano Conchillos, valenciano discípulo de Esteban March que trabajó en Alicante con Nicolás de Bussy.